El Humor Escrito: «Mal Poeta» | Relato #2

El Humor Escrito


El humor escrito es un medio literario que busca divertir al lector. Se trata de uno de los recursos más difíciles de dominar en la narrativa, principalmente por dos motivos:

1.º El humor es algo muy personal: Si describimos una escena en la que, por ejemplo, un niño muere ahogado, es previsible que el lector sienta lástima. Sin embargo, cuando contamos un chiste o hacemos una broma, no es previsible que el lector se vaya a reír. Lo que a unos les resulta divertido, a otros puede no hacerles gracia, o puede incluso resultarles ofensivo. Funciona de manera parecida al terror: no a todos nos da miedo lo mismo.

2.º El humor escrito no es igual que el humor verbal: En el humor verbal entran en juego los gestos, las muecas, el acento, etc. En la narrativa no contamos con estos factores. Solamente tenemos las palabras, por lo que elementos como el tono o la visibilidad cobran especial importancia.

No obstante, si conseguimos que funcione, el sentido del humor puede crear un vínculo muy fuerte con el lector.

Además, que un relato contenga humor no implica necesariamente que se trate de un relato humorístico. Se pueden introducir elementos cómicos en relatos o novelas de cualquier género. Es un recurso muy empleado en la literatura universal (y en la española, sobre todo) y no conviene dejarlo de lado. Ingenio y práctica, eso es todo.

Dicho esto, hoy os traigo un relato con elementos cómicos. Espero que os guste.


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Mal Poeta

Hace ya cuatro años desde que Alicia tuvo la desdicha que conocerme, y al menos dos —o tres, no lo recuerdo bien— desde que tuvo el desatino de pedirme que fuera su pareja. Hay que ser brava para querer emparejarse con alguien como yo. Feo, de panza abombada, más peludo que un bisonte, y de profesión, poeta. Y de los malos. Soy incapaz de enlazar más de dos versos sin que la rima se vaya al diablo. No tengo talento. Mis poemas tienen menos musicalidad que los jadeos de una parturienta, y ya no recuerdo la última vez que vendí un libro.

—¿Y con quién vas a esa cena? —me preguntó Alicia aquella noche, con los brazos en asa sobre la cintura.

—Con los del taller de poesía —le respondí, sincero, al tiempo que buscaba las llaves en el bolsillo—. Tranquila, volveré antes de las once.

—Ya, como la última vez —replicó—. Mira, haz lo que quieras.

Lo cierto es que Alicia nunca fue mi tipo. Ella es… indescriptible. Es alta, más alta que yo, que soy un bigardo, pero fina como un cuchillo. Tiene zafiros por ojos, y una tez lisa y blanquecina. A mí siempre me han gustado más las gorditas, me parecen inspiradoras, y me gusta sentir la carne entre los dedos. Pero seamos realistas. Si una bella como Alicia, se insinúa a una bestia como yo, lo único que hay que hacer es aceptar y dar las gracias.

Me acerqué a ella, con mi sonrisa de mujeriego incorregible, me quité las gafas, me calé la boina, y agravando mi tono de voz a lo Sinatra, le dije:

—No te pongas celosa, alma mía, que no hay en el mundo mejor deriva, que naufragar en el mar de tus ojos.

Ella se ruborizó, el enfado desapareció súbitamente, se le escapó una sonrisita. Yo la abracé por la cintura, y ella rodeó mi cuello con sus brazos, erizándome la piel. Me besó. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, Alicia siempre sucumbía a mis pobres artes de poeta.

—Vale, pero vuelve pronto, cariño —me dijo despacio—. Y no bebas, por favor.

Me separé de ella. Me puse la bufanda y me calé la boina.

—A las once estaré de vuelta, alma mía, y sobrio.

Llegué a casa a las cinco de la mañana, oliendo a tinto de garrafa. Me había agarrado una curda antológica. Eructé. Al abrir la puerta, me tropecé con mis propios pies, y me di de bruces contra el suelo.

—Eres un embustero y un cabronazo —dijo una voz, que sonaba lejana.

Se encendió la luz del recibidor. Levanté la cabeza y vi a Alicia. La rigidez de su mandíbula indicaba que estaba a punto de cometer un homicidio.

—A-alma mía… —farfullé—. No sé qué ha podido pasar. Creo que me ha sentado mal la sopa.

—¿La sopa? —Arrugó el rostro, incrédula—. ¿Te crees que soy imbécil?

Me arrastré por el suelo hasta dar con un mueble, y escalé por él para ponerme en pie. Estaba mareado, me sentía como si estuviera en medio de un tiovivo.

—No sabes cómo lo lamento… Mira que le dije a los chicos: «Chicos, tengo que volver a casa. No, no puedo quedarme. La otra mitad de mi alma me espera».

—Has estado con otra, ¿verdad? —su voz era áspera.

—¿Con otra? —pregunté, poniéndome una mano en el pecho—. ¡No, claro que no! ¡Juro por Dios que no! ¡Así me lleve el diablo, si he estado con otra!

En aquel momento, ella se acercó a menos de un palmo de mi cara y me estrujó la boca con fuerza.

—Entonces, ¿por qué tienes carmín en los labios y en el cuello?

Cuando me hubo soltado, me rocé los labios con los dedos, y comprobé al separarlos que estaban manchados de carmín. «Maldita», pensé, refiriéndome a la robusta señora que me había trajinado.

—Sé que ahora mismo parece difícil —empecé a decir, tambaleándome—, pero te aseguro que hay una explicación, hip, para todo esto.

—Ya sé la explicación —me interrumpió ella—. La explicación es que eres un cerdo.

Pensé que aquel era el momento de sacar la artillería, de decirle algo bonito. Así que intenté componer mi sonrisa, y fui a quitarme las gafas. Me di cuenta entonces de que había perdido las gafas. No importaba. Sonreí y fui a decirle alguna de esas chorradas que tanto le gustaban.

Me aclaré la garganta, agravé la voz y entonces… poté. Devolví. Eché la raba. Vacié el estómago, emponzoñado de licor, sobre la alfombra egipcia que la madre de Alicia nos había regalado. Creo que perdí el conocimiento. Al poco, escuché un portazo y, cuando levanté la cabeza, ya no había nadie en casa.

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